Entre golpistas y genocidas
Dos dinosaurios del mundo árabe toman en los próximos días su posesión como presidentes de sus respectivos países después de unas elecciones más que sospechosas. En Siria Bashar Asad es reelegido presidente por un 88,7 % de votos, mientras en Egipto, el nuevo presidente Abdelfattah al Sissi es ascendido de golpista a presidente con el 94,5 % de votos del escrutinio. La victoria tanto del primero como del segundo eran esperadas y no ha habido sorpresa alguna ante los resultados.
De los veinte aspirantes a presentarse en las elecciones sirias, el comité organizador tan solo ha aceptado las candidaturas de dos personas, la del parlamentario Maher Hajjar y la del empresario, formado en Estados Unidos, Hassan Nuri. Ambos seguro que no suponían ningún peligro para que el aspirante Asad renovase su tercer mandato. Hajjar y Nuri obtuvieron entre ambos aproximadamente el 7,5% de votos y se pueden dar por satisfechos ya que han tenido el honor de participar por primera vez en casi cuarenta años en Siria como candidatos en unas elecciones presidenciales, lo que incluye, claro está, las elecciones que celebraba Hafed Al Asad antiguo dictador y padre del actual déspota.
Los votantes en estos comicios han sido casi íntegramente de la zona oeste del país, la que dominan las fuerzas gubernamentales, mientras el resto del país sigue viviendo inmersa en una guerra civil que ha enterrado ya a más de 160.000 ciudadanos y desterrado a otros tres millones por los países cercanos y otros no tanto.
Lo de Egipto no tiene parangón. Sus ciudadanos, hasta ahora considerados entre todos los árabes los más cultos, libres, inteligentes, demócratas y expertos en las artes de la política y la demagogia por su historia más reciente, han vuelto a caer en las garras de un militar después de haber acabado y exterminado a un gran dinosaurio (Hosni Mubarak) y después de dar por finalizado un sistema de Gobierno y de Estado que ha llevado al país a la ruina.
Cuando en junio de 2012 el islamista Mohamed Morsi ganaba las elecciones presidenciales, los ciudadanos de este país no se lo creían, y los de fuera tampoco. Era la primera vez que un civil ganaba unos comicios desde que la Revolución, controlada y conducida por los militares se hiciera cargo del destino de los egipcios.
En mi casa todavía nos acordamos cuando mi padre le preguntaba a mi hermano pequeño “¿Aina al hurria ya Jamal?” (Jamal, ¿dónde está la libertad?), haciendo alusión a la libertad que Jamal Abdelnasser prometiera a sus conciudadanos una vez triunfada la Revolución y que éstos nunca llegaron a alcanzar. Jamal, en la época, era un nombre querido para los árabes hasta tal punto de llamar con ese nombre a sus hijos (como sucedió en mi familia).
La historia reciente de Egipto la sabemos todos, sobre todo la vivida bajo el mando de los militares y esa fue la primera equivocación. La segunda equivocación fue votar a un candidato islamista y dejar que los Hermanos Musulmanes se hicieran con el poder, quedándose en casa y boicoteando la participación en las elecciones. Ningún gobierno islamista ha demostrado, hasta ahora, la capacidad de gobernar y conducir a un país a buen término, manteniendo aunque fueran tan solo los niveles mínimos de democracia, libertad y bienestar para sus ciudadanos.
Bueno, por favor no se olviden de Siria, de Egipto ni de Gaza.
Quand le choix doit se faire entre le despotisme religieux (islamistes) et despotes politiques et économiques….ce n»est pas évident!